El tema de eficiencia energética tiene su origen en la crisis petrolera de 1973, cuando se presentaron incrementos en los costos de los combustibles. Esto obligó a que las empresas eléctricas, altamente dependientes de los hidrocarburos, reflejaran dicho aumento en sus tarifas, lo que dificultó el pago de la energía utilizada para el consumo energético diario.
Esto, aunado al daño que las emisiones contaminantes causan a la capa de ozono -emisiones asociadas al uso de energía-, fue el detonante para que, a nivel mundial, se implementaran acciones para optimizar el consumo energético en los equipos de uso final, empezando por aquellos con mayor penetración en el mercado, sin menoscabo del nivel de confort al que los usuarios estaban acostumbrados.
Los esfuerzos por mejorar el consumo energético se han visto reflejados a través de acciones, campañas, programas de sustitución, apoyos económicos, iniciativas, protocolos, etiquetados, normas y reglamentaciones, ya sea voluntarios u obligatorios. Estos esfuerzos se desarrollan en distintos niveles: personal, municipal, nacional e incluso mundial, donde participan gobiernos e instituciones como la propia ONU, mediante instrumentos como el Protocolo de Kioto, Montreal, París, Kigali, las iniciativas U4E, el etiquetado energético y los programas nacionales de normalización y sustitución de equipos, entre muchos otros.
En México, el programa que más éxito ha tenido es el de normalización de eficiencia energética, de carácter obligatorio. Este comenzó con cuatro normas en 1996 e incluyó, entre otros equipos de uso cotidiano, uno de los más populares a nivel mundial: el refrigerador de uso doméstico.
Este programa logró transformar el mercado nacional, al elevar y unificar los valores mínimos aceptables de eficiencia energética, requisito indispensable para que los equipos de uso final pudieran ser comercializados en él.
Una de las principales fortalezas de este programa, que se caracteriza por un esquema de mejora continua, es que desde su inicio y hasta la fecha ha concentrado los trabajos coordinados de los fabricantes, centros de investigación públicos y privados -nacionales e internacionales -, organismos públicos y descentralizados, Secretarías de Estado y, por supuesto, de la entidad responsable del suministro eléctrico en el país: la CFE. Todos ellos se han enfocado en establecer los mejores valores de eficiencia energética que los productos mexicanos pueden alcanzar en el mercado, mejorando la tecnología existente y desarrollando nuevas soluciones, bajo un enfoque costo-beneficio para todas las partes interesadas del mercado nacional, con especial atención al usuario final, sin comprometer el nivel mínimo de servicio que los equipos deben garantizar.
Surge aquí la pregunta de por qué prácticamente todos los sectores están enfocados en incrementar la eficiencia energética de los equipos de uso final, comenzando por los más populares, que coincidentemente son los equipos de uso doméstico.
La cantidad de productos instalados en casa habitación ha cambiado drásticamente a lo largo del tiempo. Por ejemplo, en 1960 sólo había equipos para iluminación, refrigeración de alimentos, algunas lavadoras y televisores. Actualmente, el sector doméstico es responsable del 27% del consumo de energía eléctrica en el país, integra una gran variedad de equipos como los de entretenimiento, los equipos de cómputo y cocción de alimentos. Los esfuerzos se centraron en los equipos utilizados en este sector, ya que son relativamente similares en toda la población. El número de hogares rebasa los 42 millones y los niveles de saturación indican que el refrigerador doméstico está presente en prácticamente el 90% de todos los hogares mexicanos.
En la gráfica 1, se observa que casi todos los equipos han tenido un crecimiento sostenido a lo largo del tiempo. Por ejemplo, los refrigeradores pasaron de un 69% de saturación en casa habitación en el año 2000 a un 89% en la última encuesta reportada por INEGI en 2022, lo que representa un total de 38 millones de refrigeradores en funcionamiento diario.
Aunque no se tienen datos previos, se puede asumir que han surgido e incrementado sustancialmente otros aparatos de uso final en los hogares como microondas, computadoras e impresoras, como se muestra en la gráfica 2.
Existen diversos beneficios para prácticamente todos los involucrados en la cadena de eficiencia energética. El consumo energético del sector residencial, en números absolutos, creció un 63% entre 2008 y 2024; sin embargo, el consumo por cada casa habitación aumentó un 5%. Esto indica que, aunque los usuarios cuentan cada vez con más equipamiento, el consumo energético total de los equipos, en general, no ha crecido sustancialmente, presumiblemente porque aquellos que ya están normalizados son eficientes y cabe destacar las campañas de ahorro de energía a través de los años.
Por ejemplo, en la gráfica 3 se puede observar que el consumo de los refrigeradores ha tenido un descenso sostenido a lo largo del tiempo. Sin embargo, también se aprecia que, aunque la norma nacional de eficiencia energética establece valores máximos de consumo, los fabricantes no sólo se conforman con cumplirla, sino que superan los valores normalizados en un 11%.
La CFE se ha visto beneficiada por las acciones globales de eficiencia energética, ya que éstas han modificado la curva de carga, lo que ha permitido una gestión estratégica de los recursos económicos necesarios para ampliar la capacidad de generación eléctrica, la cual requiere de grandes inversiones nacionales.
Un beneficio colateral del ahorro de energía es la reducción del impacto ambiental, como resultado de la disminución del consumo eléctrico. En México, alrededor del 70% de la generación eléctrica aún proviene de fuentes no renovables. Esto implica que, por cada kWh que se ahorra, aproximadamente el 70% de ese ahorro evita emisiones contaminantes.
A nivel de producción de equipos, se incentiva la competitividad y la productividad, promoviendo una competencia sana a partir de un estándar mínimo de eficiencia energética establecido por la norma vigente, que como ya vimos en algunos equipos los fabricantes prefieren superar estos límites.
La eficiencia energética ha beneficiado directamente al usuario final, ya que ésta permite el acceso a equipos de alta eficiencia a prácticamente toda la población, lo que a su vez contribuye a mantener costos accesibles en el pago de la factura eléctrica.
El tema del cambio climático es fundamental en lo que respecta al uso del acondicionamiento ambiental, y seguramente, se están ya modificando los patrones de comportamiento en el uso de los equipos de aire acondicionado que repercutirá en el consumo energético nacional. Por ello, las acciones de eficiencia energética deberán cobrar gran importancia en el futuro inmediato.
No debemos perder de vista que la principal acción que se debe considerar para el ahorro de energía es el cambio de hábitos de uso, ya que no requiere inversión económica y permite reducir el gasto en la factura eléctrica y al mismo tiempo reducir emisiones contaminantes.
Finalmente, cuando se busca que una instalación sea alimentada con energías renovables -por ejemplo, paneles fotovoltaicos-, lo primero que debe considerarse es que todos los equipos de uso final cuenten con la mejor eficiencia disponible, para que el dimensionamiento de los paneles sea el óptimo. Esto no sólo permite reducir el tamaño del sistema requerido y su costo de inversión, sino que también asegura un aprovechamiento más eficaz de la energía generada. En este sentido, la eficiencia energética no debe verse como un esfuerzo aislado, sino como una estrategia transversal que fortalece la viabilidad técnica, económica y ambiental de cualquier solución energética sustentable.
Itha Sánchez Ramos
Gerente de Uso de Energía Eléctrica División de Sistemas Eléctricos




